“Por fin, una cena en condiciones. Una mesa, una silla, el calor de una chimenea y comida caliente. Si no fuese por las visitas de Mederith, o las pocas conversaciones que he tenido con Él creo que acabaría hablando solo en ese cementerio. Menos mal que ahora hay alguién más que se interesa por el bien de ese lugar. Ojalá estuviese aquí ahora. Bien, veamos cómo suenan esas cuerdas…”La puerta que comunicaba las escaleras que llevaban a las habitaciones con el salón de la taberna se abrió y el joven, que portaba consigo una media sonrisa y un brillo en la mirada, entró en el salón. Aunque echaba en falta algo de compañía, se sentía ilusionado por poder escuchar música aquella noche. Le avergonzaba admitirlo, así que intentaba reprimir su entusiasmo, sin demasiado éxito. En cuanto entró en la sala la mujer que le había dado la llave de la habitación, le hizo señas para que se acercase a una pequeña mesa junto a la barra, cerca del bardo. Se apresuró a sentarse donde le indicaban, cuando lo hizo, alzo la vista para ver cómo el tipo estaba guardando el instrumento en la funda. No pudo reprimir un involuntario “oh…” de desilusión.
El músico alzo la vista casi al instante y miró al decepcionado recién llegado directamente, le dedicó una leve sonrisa y ladeando la cabeza dijo:
- Llegaste tarde ¿eh? Bueno, tranquilo, no te has perdido gran cosa- arrugó la nariz y le guiño un ojo, para luego seguir guardando el instrumento-.
- Bu… bu… bueno –balbuceó un instante, tímidamente, pues era consciente de que era probable que más de media sala estuviese pendiente de la conversación- parecía sonar bien cuando entré antes.
- Supongo que no estarías muy atento, por eso te “pareció” –el tipo hablaba sin mirar al joven paladín a la cara, más preocupado por las cuerdas de su guitarra que de otra cosa-.
El bardo, intentó quitarle hierro al asunto con ese comentario, pero el joven pensó que le habia ofendido al decir "parecía" en vez de decir simplemente que sonaba bien. Así que se apresuró en añadir a modo aclaratorio:
- No era el único al que parecía gustarle, seguro que se dio cuenta. Aunque no oí aplauso alguno –esto último, lo añadió en un tono mas bajo, inclinándose sobre la mesa-. ¿Otra vez Klent? ¡eso ha sonado más ofensivo que si te hubieses limitado a callarte! -pensó a la vez que arrugaba el gesto al darse cuenta de sus torpes palabras-.
El tipo dejó lo que hacia para acercar un poco el taburete a la mesa del paladín, e inclinándose también, dijo en susurros mirando de reojo al resto de la sala.
- ¿Verdad que si? ¿Verdad que algunos parecían entusiasmados?…
- Y tararearla incluso, sí. -suspiró aliviado al no ver enfado en él-.
- Más aún, juraría que escuché letra en esa melodía –parecía muy extrañado diciendo eso, como si no acabase de creérselo hasta que el joven se lo hubiese dicho-.
En ese momento, llegó la camarera con la cena en la bandeja, sirvió al joven y miró al bardo con aún un plato en la bandeja.
- ¿Dónde te lo tomarás?-le preguntó sonriente al bardo que estaba entre las 2 mesas-.
- Ahí mismo encanto, con mi amigo.
La camarera puso el plato enfrente del joven, algo extrañado por el título recién adquirido de “amigo del bardo” y éste arrastró su taburete para ocupar su sitio, enfrente justo del paladín. Ambos mantenían silencio mientras la camarera disponía la mesa, el bardo con una sonrisa algo excéntrica; el joven, con otra sonrisa, algo más forzada, miraba a los lados incómodo.
En cuanto estuvieron servidos y la camarera se retiró, el semielfo, se inclinó de nuevo sobre la mesa, hizo un gesto con una mano para que su comensal se acercase y comenzó a hablar en un tono bastante bajo, como si fuese a contarle un secreto.
- ¿Sabes lo que me descoloca de todo esto?
El joven, que se había inclinado sobre la mesa un poco para escucharle, se sorprendió por la pregunta y el tono en el que la había hecho. Estaba claro que había esperado a que la camarera se fuese y no pudiese oírles, no entendía el motivo para el secretismo que ese tipo mostraba, pero no se iba a quedar con las ganas de saberlo. Asintió con una interrogante mirada y susurró un sencillo “qué”.
El bardo, convencido de que el otro entendía perfectamente lo que ahí sucedía, aunque no fuese así en realidad, concluyó.
- Esa canción, no tiene letra.
...Pasados unos silenciosos instantes...
- ¿Cómo? ¿a qué canción os referís exactamente?
- ¡A la que sonaba cuando entraste hombre!-aclaró con énfasis, alzando el tono un poco-.
- Espere, espere… -se tomó unos segundos para hacer memoria y reconstruir la escena en su mente-… yo solo escuché a aquella señora tararearla.
- ¡Así es! ¡Pero tú no estuviste en toda la canción!-estaba totalmente inmerso en la conversación, susurrarte pero audible por un oído atento, como si estuviese destapando un gran misterio- la camarera y el hombre de la barra, ¡movían los labios! ¡Estoy seguro! No tarareaban, canturreaban palabras, y te puedo asegurar que esa canción no tiene letra.
El joven le miró sorprendido, como si se hubiese dado cuenta de algo y dijo también entusiasmado.
- ¡Es cierto! ¡Es cierto! Juraría que también vi a la camarera vocalizar –enseguida, borró la expresión de sorpresa de su rostro y añadió más calmado- y cómo sabe que esa canción, bueno, esa pieza, no tiene letra… po... podría ser que aquí sea una tonadilla popular.
- Nah, sería demasiada casualidad.
- No me lo parece, caballero, puede que usted sólo conociese la música de tal canción.
- Amiguete… sencillamente, no puede ser, porque esa pieza la escribí yo hace unos 15 años… año arriba, año abajo -al decir eso, el semielfo miró a un lado y frunció el ceño pensativo-.
El joven mantuvo el silencio, también pensando las posibles explicaciones, aunque el silencio no duró demasiado.
- Pues entonces, pudiera ser casualidad, que se parezca mucho a alguna canción popular de la zona, o que usted mismo, inconscientemente la plagiase o… –la retahíla de posibles explicaciones fue cortada por un repentino gesto por parte del semielfo, acompañados de una serie “chss” para que se callase y así lo hizo-.
- Espera, espera… dónde carajo estaba yo cuando escribí esto… -más que una pregunta parecía que pensase en voz alta-.
Se apresuró a levantarse, el joven, que no había escuchado bien el último murmullo del bardo, pensó que le había ofendido al insinuarle que podría haber plagiado la pieza de una canción, no pudo hacer otra cosa que quedarse firme en la silla con expresión de sorpresa al haberse dado cuenta de lo que había dicho y tartamudeando añadió:
- ¡Oh! ¡¡NNNo, no, no, nno, nno, no!! No quería decir que usted fues… -los torpes balbuceos del nervioso chico fueron nuevamente interrumpidos por el semielfo, alzando la mano y chitándole-.
- ¡Relájate chaval, he plagiado muchísimas piezas no voy a ofenderme, pero ésta… -se acercó a su bolsa de viaje, en la otra mesa y empezó a escarbar en ella con ansia- ésta concretamente no, y quiero… ¡Aquí! –exclamó cortándose a si mismo la frase-.
Extrajo de la bolsa una botella de cristal, llena de pergaminos enrollados, mordió el corcho que la cerraba y la abrió, escupiéndolo sobre la mesa del paladín. El corcho rebotó con tan mala suerte que acabó en el plato de estofado del joven, haciendo que le salpicase la ropa y que se volviese a callar cuando estaba apunto de preguntar “¿qué es eso?”.
El semielfo volvió a la mesa, apartó su plato y volcó la botella, haciendo que algunos pergaminos asomasen por la boca, los fue sacando poco a poco todos, agitándola y golpeando el culo de la botella con ansia, ni se había dado cuenta de dónde había acabado el corcho. Mientras, el joven, sacó con su cuchara el corcho de su ahora estropeado estofado (que ni había tenido tiempo de probar), con cara de asco y algo molesto, cogió la servilleta y empezó a limpiarse la camisa, mojándola un poco en su vaso de agua.
- Ésta no… ni ésta… no… ¿ésta? ¿ésta no la quemé? – iba desenrollando pergaminos, echándoles un vistazo y descartándolos apresuradamente-.
- ¿Qué busca?-mientras, resignado se limpiaba y comía unos pellizcos de pan, que aun no se había echado a perder-.
- Normalmente, a mis piezas –iba pasando pergaminos y repasándolos rápidamente mientras- no les pongo título, pero si escribo la fecha y el lugar donde han sido… -hizo una pausa y alzó la vista mirando al joven-… gestadas… ¿qué te ha pasado con el estofado? –dijo mirándole la mancha- ¿estaba vivo?
- Si… -dijo entrecerrando el ojo y haciendo una leve mueca-.
El bardo no le dio más importancia y siguió con su búsqueda. El joven, hizo un gesto a la camarera, dispuesto a pedirle un nuevo estofado. Cuando la chica terminó de limpiar una mesa que había quedado vacía al fondo de la sala, se acercó a la mesa.
- ¿Todo bien señor? No ha probado el estofado.
- Ahá, sí, pero te hemos hecho llamar por otra cosa –una vez más, el joven se quedó con la palabra en la boca, el bardo había sido más rápido-. Dime guapísima, ¿ha habido alguna canción te haya gustado?
- Oh sí señor, “Cada grano de arena” hacia mucho tiempo que no la escuchaba, casi no recuerdo la letra, pero de niña, mis padres la tarareaban constantemente.
- ¿Ah si?- apoyó el codo en la mesa inclinándose hacia la chica- y… dime… ¿a quién se la habíais oído cantar antes? Porque de algún sitio tuvo que salir.
- Pues… -la chica alzó la vista mirando hacia el hombre que había detrás de la barra- ¡papá! ¿es una canción popular?
Los dos hombres sentados giraron la cabeza hacia la barra, y se dieron cuenta entonces que el hombre estaba escuchando la conversación. Era un acto reflejo por su parte cada vez que alguien le decía alguna cosa a su niña del tipo “guapísima”, “encanto”… y demás apelativos con los que algunos llaman la atención de las camareras.
- Yo no diría tanto, la conocemos unos pocos –miró entonces al bardo- la solía cantar un viejo algo loco que vivió por aquí un tiempo.
- Hace… -abrió el pergamino que tenia la mano, leyó algo y añadió- ¿12 ó 13 años tal vez?
- Tal vez…-el padre, pensativo, miró a su hija e hizo cuentas mentalmente-… ella era una cría… así que sí, seguramente la fecha no sea desacertada.
- ¡Ah! ¿Él era quien la cantaba? –la joven miró al techo recordando con una nostálgica sonrisa-
El tabernero, incómodo aún por la proximidad de su hija al semielfo, hizo un gesto con la cabeza a su hija para que siguiese con el trabajo. Al ver que la chica se iba, el joven que no había tenido oportunidad de pedir un nuevo plato, volvió a verse silenciado antes de hablar. Mientras, el bardo se tapaba la boca con el puño en un semblante pensativo. Pocos segundos tardó en asomar por detrás de su puño una sonrisa pícara que poco a poco se le iba dibujando mientras reprimía una leve risa. Había desvelado el misterio.
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Todo el mundo miente.
khlid: Vulzart Klent, Jarol Elealanne (Viento)